En el jardín de Sorolla

Madrid, doce de la mañana. Paseo por aceras grises entre sombras de acacias y rostros desconocidos. Voces anónimas amortiguadas por el bullicio de coches y bocinas. El sol quema. La semana pasada hacia frío, caprichos de primavera. Arrecio el paso huyendo de lo desconocido. Al cabo de unos minutos que me parecen eternos alcanzo Martínez Campos y cruzo el umbral de un jardín perdido.

Tras el portal, la ciudad se desvanece en el paraíso imaginado por Sorolla hace cien años. Rosales alrededor de una fuente de un solo caño, troncos cubiertos con los primeros verdes, terracotas alineadas. A la derecha planteles de Granada y arrayanes de La Alhambra. Una pasión por los jardines andaluces que el artista trasladó a los lienzos que adornan el interior de su hogar hoy museo.

Encuentro el jardín algo retrasado pero sus aguas mansas me mecen con su aliento romántico. Los muretes coronados de geranios, los rosales amarillos y naranjas, los azulejos verdes y blancos. Sentada en el porche del artista imagino las horas que Sorolla consagró a retratar sus secretos con dedos ágiles y mirada de poeta. La brisa refresca la mañana y renueva mi alma de esperanza de vida. Regalo de Sorolla a los madrileños.

(Source: wp.me)